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Andrés Pérez
Andrés Pérez Araya nació en Punta Arenas (Chile)
el año 1952.
Estudió interpretación teatral en la Escuela de
Teatro de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile y en 1982 se
integró a la famosa compañía 'Théatre du Soleil' en Francia.
Pérez renovó la tradición del teatro chileno, en
cuanto lo liberó de los academicismos e introdujo en él conceptos de
creación contemporáneos.
Aportes
Andrés Pérez no recibió premios oficiales,
ni siquiera el FONDART, sin embargo escribió y dirigió la obra más vista
en Chile, la pieza que ha obtenido el mayor éxito de público en toda la
historia del teatro nacional: 'La Negra Ester',
estrenada en 1988.
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Alvaro Hoppe
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Con sus obras realizó importantes
giras nacionales, con las que pudo acercar el teatro al pueblo, y
extranjeras, con las que estableció en Europa y el resto de América la
imagen de un teatro chileno insertado en las coordenadas contemporáneas,
que además era generado desde un país en transición democrática.
Como director del Gran Circo Teatro y profesor de
la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, formó a muchas
generaciones de realizadores teatrales que continúan la herencia de
renovación del teatro como medio de expresión.
Murió en Santiago de Chile el 3 de enero del
2002. |
Por Patricia Verdugo
Cuesta creer que se fue hace ya cinco años. Y más cuesta aceptar que se
murió más de pobreza que de Sida. Pero a él siempre le gustó encarar la
verdad, así que más vale que se entere… si es que al cielo de
los artistas llegan noticias.
Tras su funeral –no lo olvidemos- descubrieron que la cama ocho del Hospital
San José tenía una falla en el suministro de oxígeno. Se murieron otros tres
de lo mismo que él. No supe si Rosa Ramírez, su mujer, interpuso una
querella contra el Estado. De haber logrado una buena indemnización, podría
haber financiado varias temporadas del teatro que lo hacía tan feliz. Ese
teatro que llevaba funciones gratis a
las poblaciones populares y a los pueblos chiquitos de su país.
Es posible. Nada seguro esto de las indemnizaciones.
Lo digo porque el Estado se ha puesto muy raro este último tiempo. Me
refiero al Estado de una república democrática. Poco después de morir
Andrés, a un preso de la Cárcel Pública le diagnosticaron Sida, lo pasó
pésimo por seis meses y luego otro examen indicó que estaba más sano que un
yogurt. Se querelló por el daño sicológico provocado por el errado
diagnóstico y el Consejo de Defensa del Estado argumentó ante los tribunales
que ¡hubo un milagro!... Sí, no es broma.
Dijeron que entre su fe religiosa y las agüitas de yerbas, se mejoró. No
supe entonces si celebrar que Chile descubrió la cura contra el Sida o si
celebrar que el Estado chileno entró en contienda de competencia con el
tribunal vaticano que decide sobre santidades y milagros.
Eso por hablar del Sida. Porque a Andrés le caería mal saber de Pinochet.
Saber que, cuando se murió, el Estado le hizo reverencias escandalosas. Que
el Poder Legislativo hizo un minuto de silencio en su honor.
Que el Poder Ejecutivo envió a la ministra de Defensa, en su representación,
al funeral. Y que las fuerzas armadas, que dependen del Ejecutivo, se
cuadraron ante el ataúd de día y de noche. Y que el Poder Judicial no
protestó por tanto honor dispensado al mayor criminal
de la historia de Chile. Simplemente anunció que su muerte lo sobreseía de
todos los procesos. Y sólo un juez se atrevió a decir que “hubo denegación
de justicia”. Para rematar el cuadro, el Estado anunció
que seguirá dando “seguridad” a su viuda. De seguro que esa plata –de todos
los chilenos- permitiría financiar un teatro-circo como el de Andrés.
Raro el Estado. Fui una de miles que firmó una carta pidiendo que la
Estación Mapocho llevara su nombre. La Rosa se enojó y con razón. A ella le
parecía una mala broma que la cultura establecida se apropiara de su
nombre después de darle la espalda. Pero algunos pensamos que era una buena
broma que los funcionarios culturales tuvieran que pronunciar su nombre
persecula seculorum después de lo que hicieron. No resultó, no aprobaron la
petición.
Nunca le conté, porque no quise apenarlo, lo que pasó después que me pidió
interceder ante La Moneda para poder seguir trabajando en Matucana 100. Fue
una noche después de la última función de “La Huída”, luego de abrazarme
bañado en sudor. Toqué la puerta de ministros y subsecretarios. Sólo me
contestó el entonces subsecretario de la Presidencia, Eduardo Dockendorff. Y
de veras estaba apenado cuando me dijo:
“Ya es tarde, no hay nada que hacer”. Se lo dije a la Rosa. Me dio vergüenza
decírselo a Andrés mirándolo a los ojos, porque era “nuestro” gobierno el
que cerraba la puerta. Era el gobierno de Lagos el que le quitaba el espacio
que él, Rosa y toda la compañía transformó de basural en un centro cultural.
El desencanto y la pena hicieron lo suyo, teniendo material con el que
trabajar. El resto lo hizo la cama ocho del Hospital San José, ya que mal
podía dar la pelea a una pulmonía sin siquiera contar con oxígeno.
Pero sabiendo que todos nos morimos, cualquiera sea la causa, valga hacer
una diferencia clave. Para Andrés, hubo homenajes por las calles. Su ataúd
apenas podía moverse entre la multitud que lanzaba flores en señal de
agradecimiento por su fértil y generosa vida. A nadie se le pasó por la
cabeza que había que esconder el féretro en un helicóptero “por razones de
seguridad”.
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