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escrito por Patricia Verdugo |
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jueves, 14 de diciembre de 2006 |
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se elevó el helicóptero que transportaba el ataúd del general
Pinochet, apenas terminada la ceremonia en la Escuela Militar, quedó
en evidencia su miedo. El mismo miedo de todos los dictadores del
mundo. Miedo a que les hagan lo mismo que ellos hicieron con sus
adversarios políticos. Y de ahí los guardaespaldas, los automóviles
blindados y las extremas medidas de seguridad.
Ni
siquiera en el patio de honor de un recinto militar, el ocupante del
ataúd estaba seguro. Los hombres de negro flanqueaban la cureña
mientras los cadetes le rendían honores. Y tal como se transportó su
cuerpo de noche, casi clandestinamente, desde el hospital hasta la
capilla ardiente, luego el helicóptero lo llevó hasta el crematorio.
Miedo a la calle, a la gente que camina libremente por las calles. Y
hasta tuvo que renunciar al panteón que ordenó construir a fines de su
régimen. Miedo a la tumba, terror a que mañana su esqueleto sea
asaltado por el “enemigo”. A que lo hagan desaparecer como él lo hizo
con los cuerpos de tantos prisioneros políticos.
¿Cuánto del miedo de Pinochet se mantiene en el ejército chileno?
Mucho. Podríamos decir que tanto como parece ser su adhesión a la
imagen de este comandante en jefe que se transformó en gobernante de
facto. Así como el funeral selló la impunidad para el ex dictador,
dejó a la vista el “pinochetismo” de su ejército en particular y de
las fuerzas armadas, en general.
¿Cómo es eso posible casi 17 años después de finalizada la dictadura?
Lo es porque Pinochet retuvo el cargo de comandante en jefe hasta
1998, ufanándose de su poder. Hasta se permitió dos intentos de golpe
de estado y el gobierno no lo sancionó. Por el contrario, se
mantuvieron las reverencias y las sonrisas, las mismas que lo
acompañaron cuando se sacó el uniforme y asumió como senador
vitalicio. ¡Qué ejemplo republicano! Y ese mismo poder fue el que le
garantizó impunidad hasta su muerte. Impunidad que a su vez “obligó” a
rendirle honores militares.
Poder y miedo. Parece un contrasentido, pero no lo es. Pinochet y el
ejército encabezaron un golpe de estado que buscó poner fin al terror
de una parte de los chilenos. Miedo a perder la libertad, miedo al
marxismo, dicen unos. Miedo a perder definitivamente el derecho a la
propiedad privada, dicen otros. Momentos antes del funeral, los
grandes empresarios eligieron a un nuevo presidente de la
Confederación de la Producción y el Comercio. De ahí se trasladaron
rápidamente a la ceremonia fúnebre y Andrés Ovalle dijo que “todos le
guardamos mucho agradecimiento”.
Ahí está la clave. Chile sigue en un creciente proceso de
concentración de la riqueza en pocas manos. La brecha entre ricos y
pobres es una de las más altas de la región. Los agradecidos y grandes
empresarios conforman una veintena de grupos económicos que controlan
más del 80 por ciento del PIB. Ellos tienen el poder real. Y el dilema
democrático chileno, hoy, consiste en lograr que las fuerzas armadas
–ejército, armada, aviación y policía- obedezcan realmente al poder
civil y dejen de ser el “brazo armado” de la derecha empresarial y
política.
Todos los pasos que el ex comandante en jefe Emilio Cheyre dio en ese
sentido –desde reconocer el lanzamiento de cuerpos al mar hasta
comprometerse a un “nunca más”- fueron percibidos como traición por el
pinochetismo duro. Un pinochetismo que, vestido con uniforme o con
traje civil, teme que el futuro traiga consigo la vuelta de la
tortilla. Y que les hagan lo mismo que ellos hicieron con los vencidos
de 1973, sembrando terror con una criminal política de represión.
Ese temor pinochetista es el que, ciertamente, entorpece la
reconstrucción de una democracia que garantice los derechos de todos
sus ciudadanos, que respete todo tipo de diversidades y que construya
cimientos sólidos de justicia social, eliminando situaciones de
pobreza que son tan inhumanas como impresentables.
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