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Por
Patricio Contreras
Estoy
en el aeropuerto de Santiago de Chile. Como aún debo esperar cerca de una
hora para pasar por Policía Internacional, intento matar el tiempo en el
puesto de diarios y revistas. Los titulares son los de todos lados;
escándalos políticos, escándalos de corrupción, escándalos sexuales. Y los
protagonistas, los de siempre; políticos, funcionarios, policías,
empresarios... Entonces elijo mirar las probablemente menos truculentas
fabulaciones de Auster, Skármeta, Coelho y la omnipresente Isabel Allende.
En el momento en que reacomodo sobre el hombro mi bolso de viaje para
hojear (y ojear) uno de los libros, siento la presencia fuerte de alguien
que llega a mi lado. Me giro y ahí está. Unos treinta años, pelo lacio y
oscuro, tez blanca, belleza oculta debajo del desaliño casual de jeans,
remera y una campera de cuero, preguntándome con urgencia y evidente
acento francés si voy a embarcarme. Sorprendido por la pregunta y su
premura, no alcanzo a recomponerme elegantemente mundano o
encantadoramente atolondrado como lo habrían hecho Sean Connery o Hugh
Grant respectivamente, y le contesto medio boquiabierto, mirándola por
sobre mis anteojitos de leer (lamentable) que sí, que voy a embarcarme. Y
entonces ella en seguida:
–¿Va a París? –con la misma expresión “fascinante” alcanzo a articular un
“no” desabrido y desconcertado. Entonces como un relámpago que destella en
su rostro exclama:
–¡Merde!
Como seguramente ella advierte que mi boca ahora está un poquito más
abierta, se apresura a explicarme que vive en Santiago, que trabaja en una
librería y que me ha visto en la tele y en el cine. Que sabe que soy un
actor y que por eso se permitió abordarme (ya sabemos; los actores, para
muchos, somos gente como de la familia) pensando que tal vez yo iría en el
mismo vuelo de una persona a la que quería mandarle un mensaje. Ya con más
reflejos, le digo que si bien voy a Buenos Aires, el avión que me lleva
continúa luego a París, así es que debe ser el mismo vuelo. Entonces
nuevamente esperanzada me describe con celeridad a la persona que debo
ubicar.
–Es un hombre delgado, canoso, un poco más viejo que yo –noto que su
traducción literal del francés al español hace más dura esa expresión que
en nuestro idioma sólo significa “mayor que yo” o mejor aún, como dicen
encantadoramente los argentinos, “más grande que yo”, y continúa:
–Es más o menos de su estatura y lleva puesta una chaqueta de pana negra.
–Bien, ¿cómo se llama ? –pregunto sacando una lapicera dispuesto a
escribir en el grueso papel de la bolsa en que cargo dos buenos tintos
chilenos.
–Edmond –dice ella. Y mientras lo escribo le pregunto:
—¿Y tu nombre?
–Celine.
–Muy bien; Edmond y Celine... ¿y... qué quieres que le diga?
Entonces con unos ojos enormes, asombrosamente brillantes me responde:
–Que lo amo –y corre rápida una lágrima negra por su mejilla. Me
estremezco. Y lo único que atino a hacer es abrazarla. Con mi bolso de
viaje en el hombro, con los tintazos en una mano y la lapicera en la otra,
de pronto me veo, insólitamente, abrazado a una muchacha francesa en medio
del trajín de un aeropuerto. Siento que en ese abrazo de segundos, que a
mí me ayuda a contener la emoción, ella me está confirmando que sí, que
ama a Edmond.
Cuando nos separamos, por su rostro ya navega en sus lágrimas todo el
rimmel de sus ojos. Y entonces como un latigazo sus cabellos vuelan,
cuando al girarse y sin decir palabra, huye corriendo, perdiéndose entre
el gentío.
Y ahí me quedo yo, paralizado, conmovido. Cuando consigo reaccionar, de
pronto me siento el privilegiado portador de un mensaje extraordinario.
Qué suerte y qué fácil. Debo ubicar a un tipo de chaqueta de pana negra,
que se llama Edmond y decirle que Celine lo ama. Siento que mi vida
adquiere en estos instantes un sentido maravilloso y que ese tiempo de la
espera para embarcar, que hasta hace un rato yo quería matar, se llena de
una dichosa y viva emoción.
Mientras disfruto de este momento, pienso: “¡Qué buen material para un
cuento!”. Entonces me voy al escueto lugar que los aeropuertos les otorgan
a los fumadores, enciendo un cigarrillo, que es lo que, según mi cultura
cinematográfica, obviamente hay que hacer en circunstancias como éstas y
me dispongo, lapicera en mano, a ensayar en uno de esos tantos papeles que
en los viajes empiezan a poblar nuestros bolsillos, la manera en que
podría comenzar este relato. Pero mi disfrute de sentirme un escritor no
pasa de ahí, porque justo en ese momento me asalta una inquietante
pregunta: ¿por qué, si con Edmond vamos en el mismo vuelo, él ya pasó por
Policía Internacional y yo aún debo esperar como cuarenta minutos más?
Temo lo peor. Apresurado, me dirijo a las pantallas que detallan horarios
y destinos de los vuelos y ahí confirmo lo repentinamente temido; no vamos
en el mismo vuelo. El de Lufthansa con destino final París, que me dejará
en su escala en Buenos Aires, sale cuarenta y cinco minutos más tarde que
el de Air France, que hace la misma ruta y que es en el que obviamente
viaja Edmond. ¿Qué hacer? ¿Cómo no voy a entregar este mensaje? ¿Cómo no
voy a cumplir con Celine y sus ojos repletos de lágrimas? Pienso con
velocidad. Entonces me dirijo al mesón de Air France donde, seguro,
encontraré a alguien que le haga saber a Edmond que Celine lo ama. Y allí
me planto frente a una azafata de la línea que habla por teléfono. Ante el
requerimiento solícito de otro empleado de la compañía, un varón, le
señalo que quiero hablar con su compañera. Prefiero esperar. Imagino que
para semejante trámite, una mujer será más comprensiva. Cuando corta me
apresuro a decirle que me ha ocurrido algo extraordinario y le empiezo a
contar de qué se trata. Pero antes de que termine, ella ya comprendiendo
hacia dónde voy, me interrumpe imperativa; “no, no, imposible, ¿sabe la
cantidad de casos como éste que tenemos a diario? No, no podemos ocuparnos
de eso”. Me desarma que no la conmueva mi historia y es tan definitiva que
es claro que no tiene sentido insistir.
El encantador sentido que mi aburrida espera había adquirido, gracias a
una anónima historia de amor, empieza a frustrarse por la prosaica y gris
realidad. No podré cumplir con mi misión.
Doy unas vueltas por ahí lamentándome. Pero como mi cabeza no para, pronto
se enciende en mí una débil y última posibilidad: en las escalas, a los
pasajeros que continúan, suelen hacerlos esperar en una sala de tránsito.
Sí, allí podré ubicar a Edmond.
Durante las casi dos horas de vuelo hasta Buenos Aires, no paro de
analizar, una y otra vez, las escasas posibilidades de lograr mi objetivo.
Cuando salgo de la manga del avión, en vez de seguir a los pasajeros que
bajan por la escalera mecánica a Policía Internacional, me aparto y me
dirijo apresurado a una puerta de cristal tras la cual, efectivamente, hay
unas cuantas decenas de pasajeros en tránsito. Un guardia me detiene. Le
digo que debo ubicar a una persona. Entonces, escandalizado, me responde
que nadie puede pasar y que ni siquiera puedo permanecer allí. Me hago el
boludo y me alejo de él mirando a través de las paredes de cristal. Voy
fijándome con atención en las personas que allí esperan. Hay un grupo de
japoneses que me facilita el trámite pues, por cierto, los descarto en
masa y continúo la búsqueda del francés.
Descubro entonces a un hombre de mediana edad y estatura, con una campera
negra, que si bien es de cuero, no de pana, podría ser. Me lo quedo
mirando un rato. Está en la fila que ya se está armando para retomar el
vuelo, pero lo descarto apenas se le acerca una nenita a quién él le
acaricia los cabellos. Busco por otro lado. Para ver mejor pego mi frente
al vidrio, como puedo, ya casi desesperado en mi empeño, acomodo los
bártulos que cargo y con las manos haciendo de anteojeras trato de evitar
el reflejo espejado de los cristales. Mi aspecto para los que están del
otro lado, aturdidos por el tedio de la espera, debe ser por lo menos
curioso, si no cómica directamente, a juzgar por la expresión de los pocos
que me advierten. Tal vez por eso uno de ellos, un muchacho de mochila y
aspecto nórdico que está con un grupo, al verme agita su mano saludándome
divertido. Le sonrío, le contesto el saludo y continúo mi búsqueda. Hasta
que, de pronto, lo veo. Allí está. Sentado, ensimismado, delgado y
entrecano y totalmente de negro, como dibujado con tinta china. Pantalón
negro, remera negra, mochila negra y la famosa chaqueta de pana negra. Sí,
sin duda, es Edmond.
Está a varios metros del cristal que nos separa. Lo miro con fuerza para
que gire su cabeza hacia mí. No hay caso. Continúa inmóvil y con la vista
perdida. Entonces vuelvo sobre mis pasos a buscar al amistoso muchacho que
antes me saludara y le hago señas indicándole que llame a Edmond.
Comprende enseguida mi premura y se desplaza siguiéndome desde el otro
lado del cristal. Le señalo a Edmond, pero como, obviamente, hay más
gente, apunta, preguntándome con su mirada, a otras personas. No acierta.
Le digo que no, ¡que ése no! ¡Que más allá! ¡Y se lo salta! Tan
ensimismado está Edmond que el muchacho no lo ve. Ahora me está indicando
a una mujer gorda y rubia que advierte sus movimientos y me mira sin
entender. Con fuerza, entonces, le hago señas al rubio para que retroceda
unos metros y cuando ya está frente a Edmond, con gestos desesperados le
digo que sí, ¡que es ése!
Edmond mira sorprendido al rubio que le habla y en seguida mira
desorientado hacia dónde estoy. Entonces aleteo llamándolo. Se aproxima
sin comprender qué pasa hasta que está frente a mí, a un metro tras el
cristal y ahí, ya en el paroxismo, le silabeo, mudo, pero con ojos, boca,
brazos, mano, preguntando: “¿Edmond?”, y él con los ojos redondos, me
afirma que sí. Le hago señas de que lo espero en la puerta. Y caminamos
hacia allí, paralelamente mientras Edmond me mira curioso y expectante del
otro lado. En este momento soy el único de los pasajeros recién arribados
que permanece en ese sector. Por eso al descubrirme una azafata, se me
acerca a decirme que no puedo estar allí. Apresurado le cuento mi
historia. Y ella, que es argentina, ¡carajo! Ella sí comprende lo
trascendental de mi tarea. Entonces me dice sonriendo que puedo quedarme
pero sin retener demasiado al pasajero.
Estoy feliz. Edmond del otro lado, ya en la fila, me sonríe sin entender
una mierda. Y cuando sale finalmente, con la misma sonrisa, cruzando la
puerta de cristal, en ese momento, cuando ya lo tengo a tres metros,
estallo y le largo: “¡Edmond, Celine te ama!”. Y enseguida, chapuceando
palabras en francés, inglés y español le explico que Celine me encargó
darle este mensaje. Que no, que no soy amigo de ella. Que me habló porque
yo soy actor, que soy chileno pero que vivo aquí en Buenos Aires y que
ella me dio su nombre y sus señas. Y que la estatura y que el pelo y que
así y asá y que la campera de pana negra y que bueno, que le dijera eso;
que lo ama... y que por último, huyó bañada en lágrimas. Edmond en ese
momento es, y me consta, el hombre más feliz del mundo. Y creo que yo
también. Entonces como dos viejos amigos nos abrazamos y mientras la
azafata sonriendo ya nos apura, yo no sé de dónde, ni cómo, saco una
tarjeta y se la doy diciéndole, como buen porteño, que si anda de vuelta
por estos lados no deje de llamarme. Finalmente cuando Edmond, sin dejar
de mirarme, incrédulo aún, retrocede hacia el corredor que lo llevará de
vuelta a su hogar, abre sus brazos y como en esas comedias francesas de
enamorados locos y lindos que veíamos cuando la vida parecía que era
bella, me lanza: “¡Vive la vie!”.
Ahora, mientras viajo en el taxi que me lleva a la Capital, disfrutando de
la luminosidad incomparable del cielo de Buenos Aires, mientras me voy
acercando a la ciudad de la inseguridad y el miedo, de la violencia y el
hambre, de la injusticia y la bronca, advierto que no puedo borrar de mi
rostro una tremenda sonrisa. Noto que el chofer por el espejito
retrovisorme mira, curioso. Debo parecer tonto –pienso– mientras se
ensancha aún más mi sonrisa, feliz, sintiendo que sí, que la vida, a
veces, también es bella.
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